Theodor Adorno, a manera de honesta denuncia y crítica, define a la industria cultural como una fábrica de ideología. De la ideología de la clase dominante del statu quo, así pues, no es arte. Hay que tener en cuenta que Adorno vivió de 1903 hasta 1969, época de gran auge de la gran industria de producción masiva. En el que ante la enorme producción, se empujaba a la publicidad para que produjeran clientes que la consumieran (homogenización de gustos). De ahí la enorme importancia que se le dio a los medios masivos de comunicación -la industria cultural- durante esta época. Tan enorme importancia se le dio, que se le sobrevaloro y quizá Adorno cayó en ese error. Tan poderosa vio a la industria cultural, que creyó que se desperdiciaba a propósito su enorme poder de convencimiento y divulgación de ciencia, arte y de protesta:
“Más se deshumaniza esta esfera [de la industria cultural], mas publicita las grandes personalidades, y más habla a los hombres con la voz cascada del lobo disfrazado de abuelita”. “La industria cultural es importante, como factor dominante del espíritu, hoy”. “Si los abogados de la industria cultural oponen a esto que ellos no pretenden el arte, entonces se trata una vez más de ideología. Ninguna infamia se enmienda porque se declare como tal”. “No en vano se puede escuchar en América de boca de productores cínicos que sus filmes deben estar a la altura del nivel intelectual de un niño de once años. Haciéndolo, se sienten cada vez mas incitados a trasformar a un adulto en un niño de once años”.
Ya el sociólogo italiano Gianni Statera nos comentaba sobre el típico imaginario que tiene la gente con respecto a los medios masivos de comunicación, en el que la gente creyendo que son muy poderosos, sostienen sus potenciales y enormes beneficios:”En el advenimiento de Ia comunicación de masas, veían el instrumento adecuado para revelar ante el mundo una nueva aurora de democracia”. Y estos mismos imaginarios por lo anterior, también advierten patriarcalmente sobre los graves peligros de la industria cultural: “Se elevaron entonces, en Estados Unidos, voces ilustres y graves para poner en guardia frente a los graves peligros que acechaban a la democracia en una sociedad en la que unos poderosos instrumentos de persuasión pudieran manipular ad libitum masas enormes de individuos indefensos”. Pero esto no es cierto, tal como lo revelaron las más cuidadosas investigaciones: “Películas en las que blancos y negros entraban en contacto de forma diversa, eran decodificadas por los sujetos orientados en una dirección racista, de tal modo que se convertían en mensajes de tipo racista”. “Los massmedia accionan, sobre todo, como factores de refuerzo de opiniones, orientaciones y actitudes preexistentes, salvo su configuración como posible factor concomitante en procesos de «pequeña modificación de opinión» en circunstancias favorables bien precisas con la mediación del líder de opinión”.
Lo innegable es que las críticas de Adorno, aunque exageradas y con poca profundidad en las causas y alcances de la industria cultural (por lo menos en este texto), tienen una dirección acertada en la definición de sus características:
“Esas informaciones [de la industria cultural] son seguramente pobres o insignificantes, como lo prueba todo estudio sociológico sobre algo tan elemental como el nivel de información política, y los consejos que se desprenden de las manifestaciones de la industria cultural son simples futilezas, o aun peor”. “La idea de que el mundo quiere ser engañado, se ha hecho más real de lo que jamás pretendió ser. Los hombres, no solo se dejan engañar, con tal de que eso les produzca una satisfacción por fugaz que sea, sino que incluso desean esta impostura aun siendo conscientes de ella; se esfuerzan por cerrar los ojos y aprueban, en una especie de desprecio por si mismos que soportan, sabiendo por que se provoca. Presienten, sin confesárselo, que sus vidas se hacen intolerables tan pronto como dejan de aferrarse a satisfacciones que, para decirlo claramente, no son tales”.
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